El día que me llamó mamá

 Esta es una de esas historias que se quedan grabadas en el alma. Por respeto a su privacidad, llamaremos a este pequeño Lucas. Tiene 7 años, es un niño con autismo, y forma parte de uno de los grupos educativos de nuestra ONG.

Lucas no hablaba mucho. Su mundo estaba hecho de rutinas, gestos suaves y miradas esquivas. Al principio evitaba el contacto, y cada acercamiento era un acto de paciencia y amor. Cada pequeño avance —una sonrisa, un juego compartido, una palabra suelta— era celebrado como un gran logro.

Esa tarde, como tantas otras, estábamos sentados en el aula del proyecto, trabajando juntos en sus tareas. El sol se filtraba por las ventanas mientras él repasaba sus ejercicios con concentración. De pronto, levantó la vista, me miró fijamente —una mirada profunda, de esas que se sienten más que se entienden— y dijo: “Mamá”.

Fue una palabra que rompió el silencio como un susurro sagrado. Me estremecí. No porque pensara que me había confundido, sino porque entendí que esa palabra venía del lugar más sincero de su corazón. En ese momento, yo era su figura segura, su refugio, su mundo confiable.

No somos sus madres, pero muchas veces somos sus abrazos, sus límites, su calma cuando todo afuera parece demasiado. Somos la presencia constante que les permite florecer a su ritmo.

Lucas me llamó “mamá”, y con ese gesto me recordó por qué vale la pena cada tarde, cada esfuerzo, cada espera. Porque cada niño merece sentirse amado, sin condiciones.

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