NUESTRA POSTURA ANTE EL SUFRIMIENTO

Nuestra postura ante el sufrimiento

La vida no es fácil, ni sencilla, ni cómoda, ni predecible. La vida es un camino que se encuentra constantemente en un cambio que nos obliga a adaptarnos a ciertas circunstancias que aparecen ante nosotros. Está en nosotros y nosotras poder elegir desde qué prisma queremos ver la realidad que nos rodea y sobre todo y lo más importante, está en nosotros la interpretación de esa vivencia y nuestra reacción ante la misma. Como dijo una buena amiga no es tanto el qué me pasa sino qué hago yo con aquello que me pasa.

Seguimos en esta entrada contando aquellas experiencias pedagógicas vividas con las mujeres de una ONG Valenciana. En esta ocasión relataremos una clase que tuvimos con ellas en la que diferenciábamos el dolor del sufrimiento.

En primer lugar, quiero aclarar la diferencia que, a mi modo de ver, implica el sufrimiento frente al dolor. La palabra dolor, generalmente, está más relacionada con una experiencia sensorial. Todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido dolor físico, porque nos hemos torcido un tobillo, nos hemos roto la pierna, nos hemos hecho un esguince, etc. También `podemos sentir dolor emocional cuando hemos perdido un trabajo, una pareja o incluso la salud. Sin embargo, el sufrimiento está más en consonancia con la no aceptación del dolor, la forma que tenemos de padecer algo en función de ese grado de aceptación que presentemos. No podemos elegir que algo no nos duela, pero si podemos elegir que no llegue a convertirse en un sufrimiento y en el caso de que se produzca, está en nuestra mano la gestión de la intensidad y la duración de ese sufrimiento.

Todas estas mujeres con las que trabajaba eran expertas en diversos tipos de dolor y algún que otro sufrimiento. Todas ellas eran migrantes, con el peso que eso supone: dejar atrás tu familia, tus amigos, tu estatus social, tu cultura, las tradiciones de tu país natal… Estas mujeres sabían perfectamente que un duelo migratorio es un duelo que siempre está abierto y eso genera dolor.

En aquella clase trabajamos una serie de preguntas para reflexionar de manera conjunta acerca de estos temas y que incluso a vosotros, queridos lectores, amigos y maestros, quizá os puedan ser de utilidad en vuestra vida diaria.

Las preguntas eran las siguientes:

-        ¿Cómo enfoco el sufrimiento? ¿Cómo lo afronto?

-        ¿En qué situaciones vitales me he sentido decepcionada porque las cosas no eran como esperaba?

-        ¿Tiendo a anticipar las cosas poniéndome en lo peor?

-        ¿Qué situaciones en mi vida me han hecho sentir rencor, rabia, frustración, animadversión, enfado, etc.? ¿He conseguido dejar atrás esas emociones o todavía sigo cargando con ellas?

-        ¿Cómo afronto los errores? ¿Qué significa para mí el autocuidado?

-        ¿Cómo afronto las dificultades en mi vida?

-        ¿Qué sensaciones me producen emociones desagradables?

Una vez que cada una de ellas reflexionó sobre todos estos aspectos, realizamos una puesta en común en la que aparecieron algunos testimonios muy valiosos. Muchas hablaron de lo que echaban de menos su país y del dolor que eso les suponía. Otras incluso lloraron porque tenían allí a sus hijos y les gustaría tenerlos aquí. Otras habían sido víctimas de violencia de género, había una mujer de procedencia colombiana que había sido abusada sexualmente y con violencia por la guerrilla. Cada una de las historias que me contaban era desgarradora, sin embargo, podría afirmar sin riesgo a equivocarme que todas ellas habían descubierto y experimentado un proceso de resiliencia, que había hecho de todas ellas unas maravillosas personas merecedoras de felicidad por encima de todo.

Cuando una persona está expuesta a escuchar este tipo de historias de vida, con el corazón, se produce un efecto casi mágico, en la persona que escucha y en la que es escuchada. Como decía Carl Rogers: “Cuando me prestan atención, me escuchan, soy capaz de percibir mi mundo de una manera nueva y seguir adelante. Resulta sorprendente ver que algo que parecía no tener solución la tiene cuando hay alguien que te escucha. Y todas las cosas que parecían irremediables se convierten en un río que discurre prácticamente sin trabas por el solo hecho de que alguien ha escuchado tus palabras”.

Todos tenemos una profunda necesidad de ser escuchados. De ser comprendidos. De ser reconocidos y tenidos en cuenta. Pero esto difícilmente se puede dar si al otro lado no hay alguien que nos escuche. Es posible que muchas de las heridas que arrastramos a lo largo de nuestra vida vengan, precisamente, de no haber sido validados y escuchados verdaderamente. Es decir, cuando sientes que alguien te escucha desde su corazón sin juicios ni interpretaciones. Cuando percibes que en ese momento tú eres lo único para la persona que te escucha. Alguien que con su presencia te facilita un espacio para que puedas descubrirte tal y como eres en ese instante. Sin máscaras. Permitiéndote mostrar tu vulnerabilidad. Ahí queridos amigos y queridas amigas se produce un MILAGRO de sanación.     

 

 

 

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