DEJAME QUE TE CUENTE

Déjame que te cuente

Se miente más de la cuenta por falta de fantasía. También la verdad se inventa.

                                                                                                             Antonio Machado.

Cada uno de nosotros tiene un gran potencial y si tenemos ganas de contar historias y nos comprometemos podemos hacerlo siempre. Las palabras se juntan, las palabras se buscan, se encuentran y crecen y se van convirtiendo en cuentos y en historias que quieren ser contadas. ¿Qué vamos a contar hoy? Hoy vamos a tratar en nuestra entrada acerca del maravilloso arte de contar cuentos. Como maestros y maestras tenemos la gran oportunidad de poder contar cuentos a nuestro alumnado. También podemos trabajar como cuentacuentos en bibliotecas y hacer animación a la lectura. Los cuentos son historias breves que sirven a nuestros jóvenes alumnos y alumnas para sentar las bases de un ser y un estar en el mundo. Fijaros que nosotros como adultos tenemos experiencias previas con que comparar aquello que nos acontece, pero los niños y las niñas no las tienen porque son todavía muy jóvenes. Ellos y ellas necesitan las historias y los cuentos para poder comprender el mundo que les rodea. Los cuentos son escritos para señalar un lugar un camino mágico que nos introduce en un mundo maravillosos donde la magia existe, donde la entrada en el bosque nos hace salir renovados, donde las hadas son buenas, las brujas son malas, los ogros encuentran su merecido y los protagonistas reciben su recompensa con justicia poética. En otras ocasiones los cuentos nos enseñan a valorar aquello que tenemos y a despertar de una vez por todas, no con el beso de un príncipe sino con la responsabilidad de vivir en plenitud. Recuerdo un cuento de Jorge Bucay que habla precisamente de esto. El cuento se titula el círculo 99. A través de este cuento podemos reflexionar acerca de aquello que verdaderamente necesitamos en nuestra vida para ser felices. Esta historia queridos amigos y queridas amigas es una luz en nuestro camino que nos puede llevar a entendernos mejor a nosotros mismos. El cuento dice así:

Había una vez un rey que era muy, pero que muy rico, pero muy, pero que muy infeliz. Pasaba los días triste y amargado, sin saber muy bien por qué. Y este rey tenía un sirviente muy humilde pero muy feliz, que trabajaba cantando y le dedicaba siempre a su rey una sincera sonrisa cargada de energía positiva.

El rey no podía entender cómo aquel sirviente, teniendo tan poco, podía ser feliz. Y un día se lo preguntó:

– Dime, ¿cómo es que eres tan feliz? ¿Cómo puedes estar todos los días contento?

– Pues… la verdad es que nunca me lo he planteado, alteza- respondió él dubitativo- No tengo motivos para ser infeliz… tengo lo que necesito. Una casa, comida, vestidos y una mujer que me quiere…

El rey, enfadado, pidió cita con su consejero:

– ¡No entiendo por qué mi sirviente es tan feliz y yo tan infeliz teniendo mucho más! ¿Dónde está el secreto de la felicidad?

– Alteza- dijo entonces el consejero- La explicación no está en lo que su siervo tiene sino en lo que no le falta. Al no faltarle nada para que su vida esté completa, es feliz… Y es porque no entró en el círculo del 99.

– ¿El círculo del 99? ¿Eso qué es?

– Todo el que entra en el círculo del 99 es infeliz… Es muy difícil de explicar… si deja que su sirviente entre en él, lo entenderá.

– Pero… si entra en ese círculo, será infeliz.

– Sí, lo será.

– ¿Y él lo sabrá? ¿Por qué iba a entrar entonces?

 – Él sabrá que si entra, será infeliz, pero lo hará.

– Muéstramelo- dijo entonces el rey.

– Bien, para ello necesito una bolsa con 99 monedas de oro. Ni una más, ni una menos.

El rey hizo lo que su consejero le pidió y ambos fueron con la bolsa a la casa del sirviente. Allí, en la puerta, dejaron la bolsa, golpearon la puerta y rápidamente se escondieron para que nos les viera.

El sirviente abrió y al ver la bolsa en el suelo la agarró bien. La agitó y escuchó el sonido de las monedas. Miró a ambos lados y al no ver a nadie, entró con ella en su casa. Se sentó a la mesa junto a la ventana, y el rey y su consejero pudieron ver lo que hacía.

Empezó a colocar las monedas de oro en montoncitos de diez… hasta que comprobó que al último montón, al décimo, le faltaba una moneda para estar completo.

– ¡No puede ser!- gritó extrañado el hombre- ¡Me habrán robado! ¡Solo falta una moneda de oro para llegar a cien!

Frustrado, comenzó a hablar en alto, cada vez más angustiado:

Tengo que conseguir esa última moneda. Cuando tenga cien monedas de oro, ya no tendré que trabajar más, pero debo completarlo… Si trabajo mucho y hago horas extras… tal vez consiga la moneda de oro en.. ¡12 años! Es mucho tiempo. No, no, no… Vale, puedo pedir a mi mujer que busque trabajo y entre los dos… diez años quizás. Sigue siendo mucho. Venderemos la comida que nos sobre cada día y trajes… también zapatos. ¿Para qué queremos tantos? Con un par tendremos suficiente. Así, tal vez en cuatro años lo consigamos. Sí…

Y así es cómo el siervo entró en el círculo del 99. A partir de ese día, el criado del rey ya no trabajaba cantando, ni dedicaba a todos una sonrisa. No paraba de trabajar y cuando terminaba, seguía trabajando. Llegó un día en que el rey decidió despedirlo, porque no era agradable tener un trabajador tan amargado. Y fue entonces cuando el rey entendió qué significaba entrar en el círculo del 99.

Como habéis podido comprobar, la infelicidad no consiste en no tener suficiente, sino en pensar que nos falta algo, muy poco, para tenerlo todo. Y sin valorar lo que tenemos, dedicamos nuestros esfuerzos en conseguir lo que no tenemos:

  • El peligro de pensar en qué necesito: La clave es la siguiente, y es que el siervo era feliz porque no se había parado a pensar qué necesitaba, sino que vivía con lo que tenía sin echar nada de menos. El problema es querer más, pararnos a pensar qué necesitamos y pensar que eso que necesitamos nos hará felices. Nuestro cerebro se pone en marcha de inmediato y todos nuestros esfuerzos se centran en conseguir aquello que pensamos ‘que nos falta’ para que nuestra vida (o nuestro círculo) sea completo. Sin embargo, la felicidad no es perfecta.

Ya lo dijo en su día Benedetti: la Felicidad con mayúsculas no existe. Existen esas pequeñas felicidades, con minúscula, esos momentos que hacen que nuestra vida sea realmente maravillosa.

  • No es más feliz el que más tiene: … sino el que menos necesita. Con esta popular frase podríamos resumir este hermoso y clarividente cuento que nos enseña que debemos vivir sin angustiarnos con lo que no tenemos, sino más bien aprovechando al máximo lo que tenemos. Significa ser conscientes de lo que somos y lo que tenemos en este momento, de aprender a valorarlo, sin compararnos con nada ni con nadie.

 

Finalizamos igual que comenzamos con la frase de Antonio Machado que es aplicable a toda la narrativa oral y que dice: se miente más de la cuenta por falta de fantasía. También la verdad se inventa. Y así como la verdad se inventa, no mintamos, sino reescribamos nuestra historia las veces que haga, para darle un nuevo significado y para interesar y enamorar a aquellos que nos escuchan. Porque como decía Galeano se puede curar tocando o se puede curar contando.

 

 

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