YO SOY HUEVO: UN CASO DE TRANSPOSICIÓN DIDÁCTICA
Yo soy huevo: un caso de transposición didáctica
Después de unas vacaciones navideñas volvemos a retomar las temáticas que trabajamos en las sesiones mantenidas con las mujeres de una ONG y que considero que son fundamentales en la vida de todo ser humano. Todas estas sesiones como anunciamos previamente deberían ser trabajadas también dentro de la escuela, para que todos los niños y todas las niñas aprendieran a ser felices desde su más tierna infancia porque ahondan en la inteligencia del cuerpo y en la producción de hábitos de vida positivos que nos acercan a la felicidad.
Vivimos en un momento histórico de obsesión continua con alcanzar la felicidad. La felicidad como ya hemos mencionado en varias entradas depende en gran medida del sentido que le otorgamos a nuestras vidas. Actualmente podemos observar como se ha sustituido el sentido de la vida por sensaciones rápidas y placenteras que nos posibilitan un subidón dopaminérgico instantáneo, pero que se alejan en gran medida de lo que verdaderamente es la felicidad.
En la entrada de hoy voy a relatar una experiencia que tuve en una de las sesiones en las que trabajé con estas mujeres en una ONG Valenciana.
En la ONG que os menciono, se trabajaba con las mujeres por las mañanas y por las tardes. La única diferencia era que, por las mañanas, acudían al centro todas las mujeres, puesto que las clases que ellas recibían eran necesarias para que pudieran integrarse en nuestra sociedad. Las clases matutinas eran en su gran mayoría clases de alfabetización. Cuando me refiero a clases de alfabetización, no me refiero únicamente a que estas mujeres, casi todas inmigrantes, aprendieran a decir palabras en español, sino a que aprendieran a decir SU PALABRA.
Las mujeres que asistían a las sesiones que realizábamos por las tardes ya entendían un poco mejor nuestra lengua, algo fundamental, ya que las clases de la tarde estaban enfocadas al crecimiento personal en su inmensa mayoría, y por lo tanto eran clases más reducidas. A pesar de que la dificultad idiomática era menor, seguía siendo dificultoso explicar ciertos aspectos del desarrollo personal y hacerlos asequibles y cercanos para que todas las mujeres nos pudieran entender. Las clases de desarrollo personal partían de la humildad que permite el vacío que acoge la palabra y el ser del otro sin pretender interpretarlo desde nuestro saber. Trabajando a través de la acción y la reflexión rompiendo la pasividad y el silencio de todas aquellas mujeres y focalizando en la educación como práctica de libertad.
Aquellas clases las recuerdo como un trabajo precioso y necesario que me permitió ver algo en todas ellas, y en las que aprendí que ninguna de ellas eran sus circunstancias.
A continuación, os voy a contar la experiencia pedagógica que obtuve en una de estas clases y que lleva por nombre el título de esta entrada: Yo soy huevo.
En esa clase, yo quería trabajar las dificultades que se presentan en la vida. Recuerdo que empecé con un cuento. El cuento decía algo así:
Había una vez la hija de un viejo hortelano que se quejaba constantemente sobre su vida y sobre lo difícil que le resultaba salir adelante. Estaba cansada de luchar y no tenía ganas de nada; cuando un problema se solucionaba otro nuevo aparecía y eso le hacía resignarse y darse por vencida fácilmente.
El hortelano le pidió a su hija que se acercara a la cocina de su cabaña y que tomara asiento. Después, llenó tres recipientes con agua y los colocó sobre fuego. Cuando el agua comenzó a hervir colocó en un recipiente una zanahoria, en otro un huevo y en el último vertió unos granos de café.
Los dejó hervir sin decir palabra mientras su hija esperaba impacientemente sin comprender qué era lo que su padre hacía. A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un tazón. Sacó los huevos y los colocó en otro plato. Finalmente, coló el café.
Miró a su hija y le dijo: «¿Qué ves?”. «Zanahorias, huevos y café», fue su respuesta. La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Le quitó la cáscara y observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su dulce aroma. Humildemente la hija preguntó: «¿Qué significa esto, papá?»
Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo. Pero habían reaccionado en forma muy diferente. La zanahoria llegó al agua fuerte, dura; pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil, su cáscara fina protegía su interior líquido; pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. El café sin embargo era único; después de estar en agua hirviendo, había cambiado el agua.
«¿Cual eres tú?», le preguntó a su hija. «Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿Cómo respondes? ¿Eres una zanahoria que parece fuerte pero que cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza? ¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable? ¿Poseías un espíritu fluido, pero después de una muerte, una separación, o un despido, te has vuelto dura y rígida? Por fuera eres igual pero, ¿cómo te has transformado por dentro?
¿O eres como el café? El café cambia el agua, el elemento que le causa dolor. Cuando el agua llega al punto de ebullición el café alcanza su mejor sabor. Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor tú reaccionas mejor y haces que las cosas a tu alrededor mejoren.
Al acabar de contar el cuento, les pregunté a las mujeres con cuál de los tres elementos se sentían identificadas cuando se les presentaban problemas en sus vidas. La mayor parte de ellas llegó a una reflexión profunda acerca de sus posibilidades de afrontamiento ante los problemas, pero había una mujer procedente de la India, que llevaba poco tiempo en España y todavía presentaba dificultades idiomáticas, sin embargo, tenía mucho interés en aprender. Esta mujer me respondió escribiendo en un papel: “Yo no café. yo 13/14. Yo soy huevo” En un primer momento, no lograba entender lo que aquella mujer quería decirme, hasta que después de varios intentos, entendí que ella no había comprendido nada de la sesión. En realidad, quería decirme que no podía tomar café porque le alteraba la tensión arterial ya que sin café tenía 13/14 de tensión, motivo por el cual ella se proclamaba alegremente un huevo.
Con esta experiencia me di cuenta de lo que en múltiples ocasiones hablaba con mi pareja, el cual también es profesor: la transposición didáctica. La transposición didáctica es el proceso por el cual se modifica un contenido de saber para adaptarlo a su enseñanza. De esta manera, el saber sabio es transformado en saber enseñado, adecuado al nivel del estudiante. Desde ese momento traté siempre de acercar mucho más los contenidos al nivel de estas mujeres a través de muchos ejemplos cercanos para ellas. Porque tod@s querid@s maestr@s necesitamos enseñar desde el cerebro del que aprende, no desde el cerebro del que educa y el camino de la Educación no Formal no nos ofrece preparación ni guía porque es más un lugar de llegada que un lugar de partida.
En la Educación Formal, los maestros y maestras con el Currículo deben poner en contacto al alumnado con el mundo, pero en la Educación no Formal necesitamos un saber pedagógico que nos acompañe y nos sostenga. Debemos aprender a mirar de otra manera y colocarnos en otro lugar.
Feliz entrada de año para todos y todas.
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