UH QUÉ ASCO
Uh ¡qué asco!
En la entrada de hoy vamos a hablar de otra de las emociones básicas: el asco. El asco es una emoción cuya finalidad consistía en protegernos ante aquellos alimentos que se encontraban en mal estado, recordemos que hasta no hace mucho tiempo, no existían los frigoríficos ni congeladores.
Por tanto, podríamos hablar de que el asco tenía la finalidad de potenciar hábitos saludables, higiénicos y adaptativos para proteger la supervivencia.
A día de hoy parecería que el asco ya no tiene importancia en nuestro entorno, puesto que ya no tendría sentido que los alimentos se pusieran en mal estado con la llegada a nuestra vida de los frigoríficos, sin embargo, el asco a día de hoy podríamos considerarlo una emoción que se encuentra a medio camino entre el miedo y la ira. Cuando digo que se encuentra cerca del miedo me refiero todavía a esa relación atávica que mantiene el asco con los hábitos de vida saludables. Por ejemplo, sigue dándonos asco comer algo que está varios días en el frigorífico porque en el fondo lo que sentimos es un cierto miedo a que no esté en buen estado y pueda afectar nuestra salud. Recordad a vuestras madres cuando hacían mahonesa casera y después de dos días en la nevera os decían que no os la comieras no fuera a ser que cogieras salmonela.
Cuando digo que el asco se encuentra cerca de la ira me refiero a la función principal del asco en nuestra sociedad. En nuestros días podríamos hablar más de un asco social. Es decir, de aquellas personas o situaciones que nos dan asco, no porque huelan mal, sino porque han vulnerado nuestros derechos o los de otras personas. Así de este modo, un pederasta nos da asco, un violador nos da asco, un asesino nos da asco, etc. El asco es una emoción difícil de controlar, ya que responde a un impulso, un mensaje directo de los sentidos. Sin embargo, también hay que aprender a dominarlo, ya que el rechazo por asco puede generar hostilidad hacia ciertas personas, simplemente por el hecho de que sean diferentes aunque no hayan cometido ningún acto inmoral.
Todas las emociones son respuestas adaptativas del organismo y el asco no se escapa de esta afirmación, como hemos podido observar. Pero existe algo curioso en el asco y es que hay un caso en el que el asco no realiza una función adaptativa sino todo lo contrario, estamos hablando de la anorexia. Cuando una persona que sufre anorexia, siente asco hacia los alimentos porque cree que engordará y los rechaza, podemos observar que esta acción de rechazo hacia los alimentos no es una acción adaptativa sino todo lo contrario, es una acción que pone en peligro su vida. Por esa razón, en este caso, se considera al asco como una respuesta desadaptativa.
Sin embargo, el asco a un nivel metafórico nos ofrece también un aprendizaje importante. Nos enseña a elegir, lo que queremos de lo que no queremos, lo que nos gusta de lo que no nos gusta, etc., etc.
Como curiosidad, os diré que en todas las personas se da la misma manifestación del asco: la nariz se arruga y los labios superiores se elevan, mientras que las comisuras descienden. Cuando el asco es muy fuerte, la lengua sale ligeramente de la boca. Otras consecuencias del asco pueden ser las náuseas, vómitos, sudores, descenso de la presión sanguínea ¡y hasta desmayos! En el trabajo con nuestro alumnado a la hora de trabajar esta emoción podremos conocer qué circunstancias o alimentos les llegan a producir asco, para aceptar esa emoción y explicarles que el asco es una emoción que sirve para rechazar lo tóxico, pero que a veces simplemente porque algo es nuevo, nos produce asco y hay que darle una oportunidad cuando sabemos que son buenas para nosotros, como en el caso de las verduras (en este caso, además, podría haber una respuesta evolutiva bien por la mayor sensibilidad al sabor del calcio en muchas verduras, bien por la neofobia, miedo a lo nuevo). Por otra parte, podemos hacer un trabajo de reflexión con nuestro alumnado sobre aquellas situaciones que les generen un asco social y analizar si el asco proviene de alguna injusticia o simplemente proviene de una no comprensión de lo que se considera correcto en otra cultura. Por ejemplo, a nuestro alumnado le puede dar asco saber que hay ciertas culturas que comen con las manos en vez de utilizar cubiertos, sin embargo, en esa cultura es algo tan natural como en la nuestra poner la paella en el centro de la mesa y que todos los comensales coman de ella. También comer caracoles, conejo o caballo es tabú en otras culturas, como para la nuestra comer insectos, gatos o perros.
Trabajar esta emoción en el aula nos posibilita múltiples acercamientos no solo a aquellas circunstancias que potencien nuestros hábitos saludables sino a conocer toda una serie de posibilidades culturales que favorezcan el trabajo en clase desde una interculturalidad, valorando y comprendiendo las diferentes costumbres, y no desde un rechazo.
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