CUANDO TRATAR A DOS PERSONAS DE LA MISMA MANERA ES TRATAR A UNO DE ELLOS MAL

Cuando tratar a dos personas de la misma manera es tratar mal a uno de ellos

En la entrada de hoy vamos a hablar acerca de la diferencia, de la diversidad, del otro y de nosotros. Como bien explica José Contreras: “La diferencia tiende a catalogarse como problema, deficiencia, carencia o dificultad. Pero en la escuela uno no es igual o desigual; uno es quien es”. Tanto en la escuela como fuera de ella lo que verdaderamente echo a faltar es otra mirada y una escucha particular para descubrir en la diferencia, no una limitación, sino una posibilidad.

Consideramos diversos, diferentes siempre a los otros, a aquellos y aquellas que no son como nosotros. Vemos diferente, desde este paradigma instaurado por la norma, a aquellos que no son iguales y es en ese nosotros donde posicionamos la mirada para establecer un modelo de comparación y diferencia que se apoya en los patrones preestablecidos socialmente de normalidad. Quiero dejar bien claro que desde mi punto de vista no existen moldes universales con los que podamos comparar a nadie, ni tan siquiera a nosotros mismos. ¿Cuántas veces necesita un niño o una niña caerse para aprender a andar? En algunos casos serán diez veces y en otros diez mil. Cada persona es única y no se repite nunca, por tanto, no podemos establecer moldes ni patrones comparativos entre los seres humanos.

Existe en mí una percepción íntima que me lleva a pensar que tratar de igual manera a dos personas es tratar a una de ellas mal, porque cada uno de nosotros somos diferentes al resto y necesitamos un trabajo diferente. Como dice Milagros Rivera:  El “nosotros” es la normalidad de la igualdad deseable. Y “los otros” son además concebidos bajo categorías que los engloban en colectivos de pertenencia: los otros son los pertenecientes a minorías étnicas (a algunas: las que asociamos a pobreza o a inferioridad cultural; nombramos la diferencia para hablar de magrebíes, pero no de nórdicos), son los hijos de familias desestructuradas, son los hiperactivos. Nadie debe ser nombrado ni etiquetado su condición. Por tanto, el otro, el diferente, el que no es como yo (como nosotros), es alguien que pertenece a un colectivo de diferencias/ deficiencias: es de otra etnia, o es síndrome de Down, o tiene un nivel poco desarrollado para su edad, o pertenece a una familia de bajo estatus sociocultural. Y entonces, descritos bajo una categoría que los particulariza como poseedores de unos atributos que pertenecen a un colectivo (por tanto, que los colectiviza), pierden su singularidad personal, esto es, pierden, bajo esa mirada, quienes son".

Si queremos un mundo de paz y de justicia debemos poner la inteligencia al servicio del amor. El amor no juzga, no etiqueta, no discrimina, no categoriza.

Desde el principio la lección es clara: no hay dos iguales, ni siquiera por edad, y sin embargo se les quiere tratar como iguales para obtener algo semejante de todos.

Amigos y amigas, maestros y maestras, reflexionemos sobre nuestra práctica docente dentro y fuera de la escuela y seamos quienes somos con toda la dignidad. como dice Milagros Rivera, “lo singular es lo nuevo que aporta al mundo común cada criatura humana que nace”.

 

Comentarios

  1. Muy interesante y justo lo que dices. Además, el concepto de normalidad es un "invento" del siglo XIX con el surgimiento de la estadística. Antes de que hubiera una "media" de capacidades proporcionada por este instrumento, la gente podía tener sus peculiaridades pero, de alguna manera, se entendía que tod@s tenían/teníamos peculiaridades. Para etiquetar algo como anormal necesitamos que exista lo normal y lo normal no es más que estar en una horquilla determinada en una estadística.

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