CUANDO LA TABLA DEL 2 SOLO LLEGA HASTA EL 20
Cuando la tabla del dos solo llega hasta veinte
Cuando me preguntan por qué elegí ser maestra contesto en todas las ocasiones que el amor a la relación me llevó a amar la educación. Estoy de acuerdo con Remei Arnaus que no hay educación sin una práctica de relación. Esta práctica de relación para que sea fructífera necesita que los niños y las niñas entren en relación y se dejen transformar.
Hay un proverbio árabe que afirma que quién no comprende una mirada tampoco comprende una larga explicación y es que efectivamente todos vivimos encerrados en una prisión de alguna manera, solo que algunas prisiones tienen ventanas.
¿Qué es lo que ves tú, desde tu ventana? ¿A qué realidades cierras los ojos?
Yo he abierto esta ventana, este blog para poder compartir al mundo, aquellas reflexiones que como docente no puedo guardar únicamente en mi cabeza. Considero que todo conocimiento que no se comparte no tiene ningún valor, así que desde este planteamiento abro al mundo mi ventana.
Como os comenté en entradas anteriores, soy una maestra sin escuela que trabaja en una ONG, en la ciudad de Valencia. En esta ONG atendemos a 120 niños y niñas cuyas edades están comprendidas entre los 3 y los 16 años. Los niños y las niñas se dividen en 7 grupos y cada grupo tiene su educador de referencia para trabajar. Los niños y las niñas, de cada uno de los siete grupos, que más dificultades presentan en su aprendizaje o que sufren un trastorno en su desarrollo son propuestos para trabajar conmigo, en un único grupo, los lunes por la tarde. De este modo, atiendo a niños y niñas de diferentes edades, en un aula de complejidad creciente. Me apasiona mi trabajo porque es con ellos y ellas, con estos niños y niñas con los que realmente me he hecho maestra.
Quiero contaros un caso real para ejemplificar lo que en otras entradas hemos estado comentando, acerca de que la enseñanza debe realizarse desde el cerebro del que aprende.
En este grupo tan diverso de los lunes por la tarde, tengo una niña a la que llamaré Isabel para preservar su identidad. Isabel estaba haciendo sus tareas escolares de matemáticas, junto a los otros niños y niñas cuando en un momento determinado, Isabel levanta la mano y me dice: Loles está división no se puede realizar. Me acerqué a ella y vi que estaba realizando divisiones de una cifra. Tenía muchas divisiones hechas. Había dividido 14 entre 2, 30 entre 3, 25 entre 5 y la división que no podía realizar era 32 entre 2. Cuando vi la división lo primero que hice fue preguntar a la niña, el por qué ella creía que esa división no podía realizarla, me interesaba sobre todo conocer su opinión, me interesaba escucharla. Como respuesta, Isabel me dijo algo que jamás olvidaré. Sus palabras fueron: Loles esta división no puede hacerse porque me dicen que divida 32 entre 2 y la tabla del 2 sólo llega hasta el 20.
En ese momento pensé, efectivamente, desde el planteamiento de la no comprensión de lo que implica dividir, Isabel tiene toda la razón. En su clase les habían enseñado a dividir sin saber lo que estaban haciendo, ni tan siquiera sabía que dividir era repartir, ella realizaba las divisiones de forma mecánica sin un conocimiento de lo que ese proceso matemático representaba.
Esta situación vivida me recordó una viñeta de Frato donde el profesor, el maestro, dice: "Bueno, del libro que habéis leído, tenéis que hacer un resumen del primer capítulo, una ficha sobre el protagonista, y buscar diez palabras difíciles". Y una niña lo mira y dice: "Y pensar que me había gustado".
Es nuestra responsabilidad queridos/as maestros y maestras entender que el currículum no debe ser un fin en sí mismo, sino un medio para llegar a ese fin. No se trata de enseñar a dividir porque es lo que toca, se trata de que aprendan a dividir sabiendo por qué lo hacen. No se trata de que aprendan a leer de manera mecánica, como en el caso de la viñeta de Frato, se trata de desarrollar el gusto por la lectura. No se trata de cómo de bien hace el niño los ejercicios propuestos, sino cuánto bien le hacen al niño los ejercicios que realiza. Si nuestros alumnos/as no saben por qué dividen o no saben por qué leen, o no entienden el valor de las actividades que realizan, el aprendizaje no ha sido significativo y está carente de valor, en algo nos estamos equivocando.
Me gustaría finalizar con esta reflexión. Si pensamos el curriculum educativo como un ideal, pensemos en él como una estrella, quizá no logremos tocarlo con las manos, pero al navegante en la inmensidad del océano le sirve de guía para llegar a su destino.
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